Rojos y verdes húmedos
sobre un terreno oportuno:
es el panorama de la inmolación.
Con media sonrisa al acecho
punza los colores
y ávido de probar el líquido esquivo
apura los cortes que presagian.
Víctima del regodeo
el apéndice carne asoma
con su visera córnea
sin dejarse tocar.
Un concierto de quiebres
estaquea el tablado
y queda cautiva la savia
de relleno entre sus marcas.
Son consuelos al descuartizamiento
el viaje del aire por los labios
y el jarabe fértil de la encía.
Mi tabla de picar y sus surcos, el plano donde apoyo cotidianamente la mirada, un campo de batalla colorido y aromático, chorreante y peligroso, terreno recio abonado por derramamientos.
Por las marcas que envejecen la tabla se cuelan jugos, unos sobre otros, penetrando hacia un núcleo recóndito donde forman una nueva materia misteriosa. Como las capas de la tierra encerrando los restos de guerra a la espera de un mundo sin filos que ya no le entregue más muertes.
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