No había vértices al final de las aristas que
pudieran unirla con alguna pertenencia,
darle bases, nominarla de un modo
definido, conceptuarla como cuerpo.
Pero, eso sí, había pájaros que salpicaban y extraían
milagrosas lombrices,
posados en el silencio de sus puntos sin
contacto.
Sólo de vez en cuando un caracol henchido de azaleas
babeaba la ilusión de una línea parental que se desvanecía justo al llegar al otro lado.
babeaba la ilusión de una línea parental que se desvanecía justo al llegar al otro lado.
Endeble, cargaba el sobretodo plateado y arrastraba
los encajes genealógicos, desdibujadas las guardas, tenencias y potestades,
Pendía su apenas pubertad del gesto brusco de taparse
los oídos.
De tanto en tanto se practicaba un entubamiento y
sondeaba en su misma medicina de la infancia: paños, ungüentos y pulcritud.
Entonces repicaba la gota de niña sobre una tecla
blanda y, en cuenco sonoro, las manos esperaban.
Se preguntan, cómo es que aún, y a punta de lengua,
tornea un macizo reacio de añares para hacerse pan
comido.