Reparte de antemano las porciones
y forma triángulos con las advertencias,
en tanto transitan por un vaivén de glotis
las púas envueltas en la crema.
Adiestramiento a cucharadas:
el beso, el reto, el beso, el reto.
Nacidos a la mesa con traza de dos surcos:
uno que acerca la estocada
otro que aleja la dispensa,
todo por una cotidiana cuota de alimento
que paga caro
el cuerpo anfitrión de la violencia.
Había una vez un Dr. A inmigrante con estudios universitarios casado con la Sra. M. perteneciente a una familia que Cervantes hubiera bautizado como de clase "altante"; fervientes devotos y padres de 5 hijos. Todas las noches los sentaban a la mesa para impartirles el rigor de la crianza, él la voz cantante, ella la sigilosa.
Temprano las sillas se vaciaron por sucesivas fugas y algunos duelos. Quedó una madre sola a la buena de un dios indiferente y proclive a los castigos.
Sentada frente a la misma mesa del gran comedor oscuro, la recuerdo arrastrando sus pantorrillas gruesas por el largo pasillo de la galería trayéndome desde la cocina el vaso de Cepita con una servilleta doblada en triángulo que envolvía los sandwiches de miga de jamón y tomate.
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