Liar especias para ser tu alimento
no obedece al sentido en que vos les das ubicación en la alacena.
El modo en que las pizcas se embeben unas de las otras
en aras de lo que te comés,
lo saben al dedillo
sólo índice y pulgar.
Las verdaderas intenciones nunca están ordenadas y a la vista, sino traspiel, embadurnándose unas a otras y confundiéndose.
Los dedos embebidos en pimentón, orégano, nuez moscada y comino esconden huellas únicas con fragancia y gusto propios que son lo no revelado de la preparación.
Hay una complicidad astuta entre los alimentos y quien los manipula, la misma que existe entre lo que soy y lo que quiero que veas.
El caramelito que te comés, lo que te estás comiendo, te como toda, a comerla, comilón o masticador y todas las expresiones que relacionan alimento con penetrar en el otro, son sabiduría popular equiparando la necesidad que tenemos de otras personas tanto como de comida. El placer transita en estas maneras de conectarnos y darnos vida. Tal vez el poema te alerta: que no importa cuánto y de qué modo comas, pero no te conformes con tragar. Hacé como el cuerpo que sin intervenir pizca de tu voluntad se queda con los nutrientes, descubre el secreto guardado del alimento, lo transforma y lo devuelve al mundo en energía vital. Todas tus comidas las ocasionales y las estables, las carnales y las etéreas, las que implican crianza y las que son sólo una mirada hacia otro al pasar, todo vínculo con lo que te comés tiene reservado entre sus manos la seña particular de lo humano. Comételo y date de comer con todo: cáscara, pulpa y carozo.
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