Quedar,
cerrados los ojos al olor de las frutillas,
destejido el enredo de ombligo y dedos,
disuelta la memoria
en el vicio de anotar las habilidades del olvido,
expuestas las castras del silencio.
Hijos,
hartos de denunciar la falta
en formularios
plenas las oficinas de sus objetos perdidos.
Solos,
con suntuosos motivos
para echar llanto al techo.
Matías a los 7 años de madre y a los 12 años de padre,
Mercedes a los 5 días de madre, a los 5 años de padre,
Mis hermanos, huérfanos como yo.
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